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Los individuos son, como ciudadanos de este Estado, personas privadas, que tienen por fin su propio interés. Puesto que este está mediado por lo universal, que por ello les aparece como medio, solo puede ser alcanzado por ellos en la medida en que ellos mismos determinan su saber, querer y hacer de un modo universal y se convierten en un eslabón de la cadena de esta conexión. |191| El interés de la Idea en esto, que no reside en la conciencia de estos miembros de la sociedad civil como tales, es el proceso de elevar la singularidad y naturalidad de estos, tanto por la necesidad natural como por el arbitrio de las necesidades, a la libertad formal y a la universalidad formal del saber y del querer, de formar la subjetividad en su particularidad.

Está en conexión con las representaciones de la inocencia del estado de naturaleza, de la simplicidad de costumbres de los pueblos no formados, por un lado, y, por otro, con el sentido que considera las necesidades, su satisfacción, los goces y comodidades de la vida particular, etc., como fines absolutos, el que la formación sea considerada allí como algo meramente exterior, perteneciente a la corrupción, y aquí como mero medio para aquellos fines; una y otra concepción muestran el desconocimiento de la naturaleza del espíritu y del fin de la razón. El espíritu solo tiene su efectividad por el hecho de que se escinde en sí mismo, se da esta limitación y finitud en las necesidades naturales y en la conexión de esta necesidad exterior, y, precisamente por el hecho de que se forma dentro de ellas, las supera y gana en ello su existencia objetiva. El fin de la razón no es, por ello, ni aquella simplicidad natural de costumbres, ni, en el desarrollo de la particularidad, los goces como tales que se alcanzan por medio de la formación, sino que la simplicidad natural, es decir, en parte la carencia pasiva de sí, en parte la rudeza del saber y del querer, es decir, la inmediatez y singularidad en que está sumergido el espíritu, sea eliminada mediante el trabajo, y que, en primer lugar, esta su exterioridad reciba la racionalidad de la que es capaz, a saber, la forma de la universalidad, la conformidad con el entendimiento. Solo de esta manera está el espíritu, en esta exterioridad como tal, en su propia casa y junto a sí. |192| Su libertad tiene así en ella una existencia, y en este elemento, extraño en sí a su determinación a la libertad, él llega a ser para sí, solo tiene que ver con aquello que lleva impreso su sello y ha sido producido por él. — Precisamente con ello llega, pues, la forma de la universalidad para sí a la existencia en el pensamiento — la forma que es el único elemento digno para la existencia de la Idea. — La formación es, por ello, en su determinación absoluta, la liberación y el trabajo de la liberación superior, a saber, el punto de tránsito absoluto hacia la sustancialidad infinitamente subjetiva de la eticidad, ya no inmediata, natural, sino espiritual e igualmente elevada a la figura de la universalidad. — Esta liberación es, en el sujeto, el trabajo duro contra la mera subjetividad del comportamiento, contra la inmediatez del deseo, así como contra la vanidad subjetiva del sentimiento y el arbitrio del capricho. Que sea este trabajo duro constituye una parte del disfavor que recae sobre ella. Pero es por medio de este trabajo de la formación como la voluntad subjetiva gana ella misma, en sí, la objetividad en la cual únicamente es ella, por su parte, digna y capaz de ser la efectividad de la Idea. — Del mismo modo, esta forma de la universalidad a la que la particularidad se ha elaborado y elevado formándose, la conformidad con el entendimiento, hace a la vez que la particularidad se convierta en el verdadero ser-para-sí de la singularidad y que, en la medida en que da a la universalidad el contenido que la llena y su autodeterminación infinita, sea ella misma, en la eticidad, en cuanto subjetividad libre que es infinitamente para sí. Este es el punto de vista que muestra la formación como momento inmanente de lo absoluto, y su valor infinito.

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