En la relación de los Estados entre sí, puesto que en ella son como particulares, cae el juego sumamente agitado de la particularidad interior de las pasiones, los intereses, los fines, los talentos y virtudes, la violencia, el entuerto y los vicios, así como de la contingencia exterior, en las mayores dimensiones del fenómeno — un juego en el cual el todo ético mismo, la independencia del Estado, queda expuesto a la contingencia. |343| Los principios de los espíritus de los pueblos son, a causa de su particularidad, en la cual, en cuanto individuos existentes, tienen su efectividad objetiva y su autoconciencia, en general principios limitados, y sus destinos y hechos, en su relación recíproca, son la dialéctica fenoménica de la finitud de estos espíritus, a partir de la cual el espíritu universal, el espíritu del mundo, se produce como ilimitado, tanto como es él quien ejerce sobre ellos su derecho — y su derecho es el más alto de todos — en la historia universal, en cuanto tribunal universal.

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