En la primera revelación, en cuanto inmediata, el espíritu tiene por principio la figura del espíritu sustancial como la identidad en la cual la singularidad permanece sumergida en su esencia y, para sí, sin legitimación.
El segundo principio es el saber de este espíritu sustancial, de modo que él es el contenido positivo y la plenitud, y el ser-para-sí como la forma viva de este: la individualidad ética bella.
El tercero es el profundizarse en sí mismo del ser-para-sí que sabe hasta la universalidad abstracta y, con ello, hasta la oposición infinita frente a la objetividad, así igualmente abandonada por el espíritu.
El principio de la cuarta configuración es el vuelco de esta oposición del espíritu, que consiste en recibir en su interioridad su verdad y su esencia concreta y en estar en la objetividad como en su casa y reconciliado, y, porque este espíritu vuelto a la primera sustancialidad es el que ha retornado de la oposición infinita, en producir y saber esta su verdad como pensamiento y como mundo de una efectividad legal.

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