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La conciencia moral verdadera es la disposición de ánimo de querer lo que es bueno en y para sí; tiene, por ello, principios firmes, y, por cierto, estos son para ella las determinaciones y deberes objetivos para sí. Distinta de este su contenido, la verdad, ella es solo el lado formal de la actividad de la voluntad, la cual, en cuanto esta voluntad, no tiene ningún contenido peculiar. Pero el sistema objetivo de estos principios y deberes, y la unión del saber subjetivo con él, solo está presente en el punto de vista de la eticidad. Aquí, en el punto de vista formal de la moralidad, la conciencia moral está sin este contenido objetivo, y es así, para sí, la certeza infinita y formal de sí misma, la cual, precisamente por ello, es a la vez como la certeza de este sujeto.

|133| La conciencia moral expresa la legitimación absoluta de la autoconciencia subjetiva, a saber, la de saber en sí y a partir de sí misma qué es derecho y deber, y de no reconocer nada más que lo que así sabe como el bien, a la vez con la afirmación de que lo que así sabe y quiere es, en verdad, derecho y deber. La conciencia moral es, en cuanto esta unidad del saber subjetivo y de lo que es en y para sí, un santuario que sería sacrilegio tocar. Pero si la conciencia moral de un individuo determinado es conforme a esta Idea de la conciencia moral, si lo que tiene por bueno o hace pasar por tal es también efectivamente bueno, esto solo se reconoce a partir del contenido de eso que debe ser bueno. Lo que es derecho y deber, en cuanto lo racional en y para sí de las determinaciones de la voluntad, no es, esencialmente, ni la propiedad particular de un individuo, ni está en la forma del sentimiento o de algún otro saber singular, es decir, sensible, sino que es esencialmente de determinaciones universales, pensadas, es decir, está en la forma de leyes y principios. La conciencia moral está, por ello, sometida a este juicio, de si es verdadera o no, y su apelación únicamente a su sí mismo es inmediatamente contraria a lo que quiere ser: la regla de un modo de obrar universal, racional, válido en y para sí. El Estado no puede, por ello, reconocer la conciencia moral en su forma peculiar, es decir, como saber subjetivo, así como tampoco en la ciencia tienen validez la opinión subjetiva, la aseveración y la apelación a una opinión subjetiva. Lo que en la conciencia moral verdadera no está diferenciado es, sin embargo, diferenciable, y es la subjetividad determinante del saber y del querer la que puede separarse del contenido verdadero, ponerse para sí y rebajar este a una forma y apariencia. |134| La ambigüedad respecto de la conciencia moral reside, por ello, en que se la presupone en el significado de aquella identidad del saber y el querer subjetivos y del bien verdadero, y así se la afirma y reconoce como algo sagrado, y en que, de igual modo, en cuanto reflexión meramente subjetiva de la autoconciencia en sí misma, pretende sin embargo la legitimación que solo corresponde a aquella identidad misma en virtud de su contenido racional, válido en y para sí. En el punto de vista moral, tal como se distingue en este tratado del ético, cae solo la conciencia moral formal; la verdadera ha sido mencionada solo para indicar su diferencia y eliminar el posible malentendido de que aquí, donde solo se considera la conciencia moral formal, se estuviera hablando de la verdadera, la cual está contenida en la disposición de ánimo ética, que solo aparece más adelante. La conciencia moral religiosa, en cambio, no pertenece en absoluto a este ámbito.

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