La autoconciencia, en la vanidad de todas las determinaciones que por lo demás valen y en la pura interioridad de la voluntad, es tanto la posibilidad de hacer principio lo universal en y para sí como la de hacer principio, por encima de lo universal, el arbitrio, la propia particularidad, y de realizarla mediante el actuar — de ser mala.
La conciencia moral, en cuanto subjetividad formal, es pura y simplemente esto: estar a punto de trocarse en el mal; en la certeza de sí misma, que es para sí, que sabe y decide para sí, tienen ambos, la moralidad y el mal, su raíz común.
El origen del mal en general reside en el misterio, es decir, en lo especulativo de la libertad, en su necesidad de salir de la naturalidad de la voluntad y de ser interior frente a ella. Es esta naturalidad de la voluntad la que, en cuanto contradicción de sí misma e incompatible consigo, llega a la existencia en aquella oposición, y es así esta particularidad de la voluntad misma la que se determina ulteriormente como el mal. |136| La particularidad, en efecto, solo es en cuanto lo desdoblado; aquí, la oposición de la naturalidad frente a la interioridad de la voluntad, la cual, en esta oposición, es solo un ser-para-sí relativo y formal, que solo puede extraer su contenido de las determinaciones de la voluntad natural, del deseo, el impulso, la inclinación, etc. De estos deseos, impulsos, etc., se dice ahora que pueden ser buenos o también malos. Pero en la medida en que la voluntad hace de ellos, en esta determinación de contingencia que tienen en cuanto naturales, y con ello de la forma que ella tiene aquí, de la particularidad misma, la determinación de su contenido, está opuesta a la universalidad, en cuanto lo objetivo interior, el bien, el cual entra a la vez, junto con la reflexión de la voluntad en sí misma y la conciencia cognoscente, como el otro extremo frente a la objetividad inmediata, lo meramente natural; y así esta interioridad de la voluntad es mala. El ser humano es, por tanto, a la vez malo tanto en sí o por naturaleza como por su reflexión en sí, de modo que ni la naturaleza como tal, es decir, si no fuera naturalidad de la voluntad que permanece en su contenido particular, ni la reflexión que entra en sí, el conocer en general, si no se mantuviera en aquella oposición, es para sí el mal. — Con este lado de la necesidad del mal está igualmente unido, de manera absoluta, que este mal está determinado como lo que necesariamente no debe ser — es decir, que debe ser suprimido, no que aquel primer punto de vista de la escisión no deba surgir en absoluto — más bien, este constituye la separación entre el animal irracional y el ser humano —, sino que no se permanezca en él ni se retenga la particularidad como lo esencial frente a lo universal, que se lo supere como nulo. |137| Además, en esta necesidad del mal, es la subjetividad, en cuanto infinitud de esta reflexión, la que tiene ante sí esta oposición y está en ella; si permanece en ella, es decir, si es mala, entonces es, por ello, para sí, se mantiene como singular y es ella misma este arbitrio. El sujeto singular como tal tiene, por ello, pura y simplemente la culpa de su mal.

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