El uno es, por tanto, lo espiritual en cuanto lo que se escinde en la independencia personal que es para sí y en el saber y querer de la universalidad libre, [en] la autoconciencia del pensamiento que concibe y [en] el querer del fin último objetivo; — el otro, lo espiritual que se conserva en la unidad, como saber y querer de lo sustancial en la forma de la singularidad concreta y del sentimiento; — aquel es, en la relación hacia afuera, lo poderoso y activo; este, lo pasivo y subjetivo. El hombre tiene, por ello, su vida sustancial efectiva en el Estado, la ciencia y similares, y por lo demás en la lucha y el trabajo con el mundo exterior y consigo mismo, de modo que solo a partir de su escisión conquista, luchando, la unidad independiente consigo mismo, cuya intuición tranquila, así como la eticidad subjetiva sentiente, tiene en la familia, en la cual la mujer tiene su determinación sustancial y, en esta piedad, su disposición de ánimo ética.
|174| Por ello, en una de sus presentaciones más sublimes, la Antígona de Sófocles, la piedad se enuncia preferentemente como la ley de la mujer, y se presenta como la ley de la sustancialidad subjetiva sentiente, de la interioridad que todavía no ha alcanzado su realización completa, como la ley de los antiguos dioses, de lo subterráneo, como ley eterna, de la cual nadie sabe de dónde apareció, y en oposición a la ley manifiesta, la ley del Estado; — una oposición que es la suprema oposición ética y, por ello, la suprema oposición trágica, y que allí está individualizada en la feminidad y la masculinidad; cf. Fenomenología del espíritu, p. 383 y ss., 417 y ss.

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