El matrimonio es esencialmente monogamia, porque es la personalidad, la singularidad excluyente inmediata, la que se pone y se entrega en esta relación, cuya verdad e intimidad (la forma subjetiva de la sustancialidad) surgen, por tanto, solo de la entrega recíproca indivisa de esta personalidad; esta llega a su derecho de ser consciente de sí misma en el otro solo en la medida en que el otro está en esta identidad como persona, es decir, como singularidad atómica.
El matrimonio, y esencialmente la monogamia, es uno de los principios absolutos sobre los cuales descansa la eticidad de una comunidad; la fundación del matrimonio se cita, por ello, como uno de los momentos de la fundación divina o heroica de los Estados.

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