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Pero la verdad de esta universalidad formal, indeterminada para sí y que encuentra su determinidad en aquella materia, es la universalidad que se determina a sí misma, la voluntad, la libertad. |29| Al tener la universalidad, a sí misma, como la forma infinita, por contenido, objeto y fin, no es solo la voluntad libre en sí, sino igualmente la voluntad libre para sí — la «Solo ahora estamos aquí en el punto del que partimos en el derecho; estamos, por así decirlo, apenas en el comienzo. A partir del § 22 siguen aquí varias determinaciones lógicas abstractas, que aquí solo han de tocarse brevemente.» (Hegel, apuntes de Griesheim).

La autoconciencia de la voluntad, en cuanto deseo, impulso, es sensible, así como lo sensible en general designa la exterioridad y, con ello, el estar-fuera-de-sí de la autoconciencia. La voluntad reflexionante tiene los dos elementos, aquel elemento sensible y la universalidad pensante; la voluntad que es en y para sí tiene por objeto a la voluntad misma como tal y, con ello, a sí misma en su pura universalidad — la universalidad que consiste precisamente en que la inmediatez de la naturalidad y la particularidad, de la que la naturalidad está afectada tanto como es producida por la reflexión, están suprimidas en ella. Pero este suprimir y elevar a lo universal es lo que se llama la actividad del pensar. La autoconciencia que purifica y eleva su objeto, contenido y fin hasta esta universalidad lo hace en cuanto el pensar que se impone en la voluntad. Aquí está el punto en el que se hace patente que la voluntad solo es voluntad verdadera, libre, en cuanto inteligencia pensante. El esclavo no sabe su esencia, su infinitud, la libertad; no se sabe como esencia; — y no se sabe así, es decir, no se piensa. Esta autoconciencia, que mediante el pensar se aprehende como esencia y con ello precisamente se despoja de lo contingente y lo no verdadero, constituye el principio del derecho, de la moralidad y de toda eticidad. |30| Quienes hablan filosóficamente del derecho, la moralidad, la eticidad y quieren con ello excluir el pensar, remitiendo al sentimiento, al corazón y al pecho, al entusiasmo, expresan con ello el más profundo desprecio en que han caído el pensamiento y la ciencia, puesto que así la ciencia misma, hundida en la desesperación respecto de sí y en el mayor abatimiento, hace de la barbarie y de lo carente de pensamiento su principio y, en cuanto de ella dependiera, despojaría al hombre de toda verdad, valor y dignidad.

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