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La reflexión que se refiere a los impulsos, al representárselos, calcularlos y compararlos entre sí y luego con sus medios, consecuencias, etc., y con un todo de la satisfacción — la felicidad —, aporta a esta materia la universalidad formal y la purifica, de este modo exterior, de su rudeza y barbarie. Este hacer surgir la universalidad del pensar es el valor absoluto de la formación. (cf. § 187)

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