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Lo subjetivo de la pobreza y, en general, de la penuria de toda índole, a la que cada individuo está expuesto ya en su círculo natural, requiere también una ayuda subjetiva, tanto en atención a las circunstancias particulares como al ánimo y al amor. Aquí es el lugar donde, pese a toda disposición universal, la moralidad encuentra bastante que hacer. Pero, porque esta ayuda depende, para sí y en sus efectos, de la contingencia, el esfuerzo de la sociedad se dirige a descubrir y disponer lo universal en la indigencia y su remedio, y a hacer más prescindible aquella ayuda.

Lo contingente de la limosna, de las fundaciones, así como del encender lámparas ante imágenes de santos, etc., se complementa con instituciones públicas para pobres, hospitales, alumbrado de calles, etc. A la caridad le queda todavía bastante que hacer por sí misma, y es una opinión falsa que ella quiera ver reservado este remedio de la penuria únicamente a la particularidad del ánimo y a la contingencia de su disposición de ánimo y de su conocimiento, y se sienta herida y ofendida por las disposiciones y mandatos universales obligatorios. El estado público ha de considerarse, por el contrario, tanto más perfecto cuanto menos le quede al individuo por hacer para sí, según su opinión particular, en comparación con lo que está dispuesto de un modo universal.

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