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|323| La opinión pública contiene, por ello, en sí los principios sustanciales eternos de la justicia, el contenido verdadero y el resultado de toda la Constitución, de la legislación y del estado general en su conjunto, en forma del sentido común, en cuanto fundamento ético que atraviesa a todos en figura de prejuicios, así como las verdaderas necesidades y las tendencias correctas de la efectividad. — A la vez que este interior entra en la conciencia y llega a la representación en proposiciones generales, en parte para sí, en parte con vistas al razonamiento concreto sobre acontecimientos, disposiciones y relaciones del Estado y sobre necesidades sentidas, entra también toda la contingencia del opinar, su ignorancia y su perversión, el falso conocimiento y el falso juicio. Puesto que en ello se trata de la conciencia de la peculiaridad del punto de vista y del conocimiento, una opinión es tanto más peculiar cuanto peor es su contenido; pues lo malo es lo enteramente particular y peculiar en su contenido, mientras que lo racional es lo universal en y para sí, y lo peculiar es aquello de lo que el opinar se envanece.

Por ello, no ha de tenerse por una diversidad de punto de vista subjetivo el que una vez se diga:

Vox populi, vox dei,

y otra vez (en Ariosto1, por ejemplo):

Che’l Volgare ignorante ogn’ un riprenda
E parli più di quel che meno intenda.2

|324| Ambas cosas residen a la vez en la opinión pública. — Puesto que en ella la verdad y el error sin fin están tan inmediatamente unidos, no hay verdadera seriedad ni con lo uno ni con lo otro. Qué es lo que va en serio puede parecer difícil de distinguir; y, de hecho, lo será también si uno se atiene a la manifestación inmediata de la opinión pública. Pero, puesto que lo sustancial es su interior, solo esto va verdaderamente en serio; mas esto no puede conocerse a partir de ella, sino, precisamente porque es lo sustancial, solo a partir de sí mismo y para sí mismo. Cualquiera que sea la pasión que se ponga en lo opinado, y por muy seriamente que se afirme o se ataque y se dispute, esto no es criterio alguno de aquello de lo que de hecho se trata; pero este opinar sería el que menos se dejaría persuadir de que su seriedad no es nada serio. — Un gran espíritu sometió a respuesta pública la pregunta de si es lícito engañar a un pueblo3. Había que responder que un pueblo no se deja engañar sobre su fundamento sustancial, la esencia y el carácter determinado de su espíritu, pero que sobre el modo en que lo sabe y, según este modo, juzga sus acciones, acontecimientos, etc., es engañado por sí mismo.

  1. Nota de Hegel. O bien, en Goethe [«Sprichwörtliches»]:
    Golpear puede la masa,
    en eso es respetable:
    juzgar le sale miserable. ↩︎
  2. Orlando furioso XXVIII, 1: «Que el vulgo ignorante censura a cada uno / y habla más de aquello que menos entiende.» ↩︎
  3. Federico II; pregunta del concurso de la Academia de Berlín de 1778, sugerida por d’Alembert. ↩︎

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