Esta determinación, con la cual el interés y el derecho de los singulares están puestos como un momento evanescente, es a la vez lo positivo, a saber, de la individualidad de estos, no contingente ni mudable, sino que es en y para sí. Esta relación, y el reconocimiento de ella, es, por ello, su deber sustancial, — el deber de conservar, por medio del peligro y el sacrificio de su propiedad y de su vida, y desde luego de su opinar y de todo lo que de suyo está comprendido en el ámbito de la vida, esta individualidad sustancial, la independencia y la soberanía del Estado.
|332| Hay un cálculo muy torcido cuando, al exigirse este sacrificio, el Estado se considera solo como sociedad civil, y como su fin último solo el aseguramiento de la vida y de la propiedad de los individuos; pues esta seguridad no se alcanza por medio del sacrificio de aquello que debe ser asegurado; — al contrario. — En lo indicado reside el momento ético de la guerra, la cual no ha de considerarse como un mal absoluto y como una contingencia meramente exterior que tuviera su fundamento, por tanto contingente él mismo, sea en lo que fuere, en las pasiones de los detentadores del poder o de los pueblos, en injusticias, etc., en general en algo que no debe ser. Lo que es de la naturaleza de lo contingente, a eso le acontece lo contingente, y precisamente este destino es, así, la necesidad, — así como en general el concepto y la filosofía hacen desaparecer el punto de vista de la mera contingencia y reconocen en ella, en cuanto apariencia, su esencia, la necesidad. Es necesario que lo finito, la posesión y la vida, sea puesto como contingente, porque este es el concepto de lo finito. Esta necesidad tiene, por un lado, la figura de poder de la naturaleza, y todo lo finito es mortal y perecedero. |333| Pero en la esencia ética, el Estado, se le quita a la naturaleza este poder, y la necesidad es elevada a obra de la libertad, a algo ético; — aquella caducidad se convierte en un tránsito querido, y la negatividad que le sirve de fundamento, en la individualidad sustancial propia de la esencia ética. — La guerra, en cuanto estado en el cual se toma en serio la vanidad de los bienes y cosas temporales, que de otro modo suele ser una frase edificante, es, con ello, el momento en el cual la idealidad de lo particular obtiene su derecho y se hace efectividad; — tiene el significado superior de que por medio de ella, como lo he expresado en otro lugar1, «se conserva la salud ética de los pueblos en su indiferencia frente al fijarse de las determinidades finitas, así como el movimiento de los vientos preserva al mar de la putrefacción en la que lo sumiría una calma duradera, como a los pueblos una paz duradera o incluso perpetua». — Que esto sea, por lo demás, solo Idea filosófica, o, como suele expresarse de otro modo, una justificación de la providencia, y que las guerras efectivas necesiten todavía de otra justificación, de esto se hablará después. — Que la idealidad que en la guerra sale a la luz como situada en una relación contingente hacia afuera, y la idealidad según la cual los poderes interiores del Estado son momentos orgánicos del todo, — sean la misma, se presenta en el fenómeno histórico, entre otras cosas, bajo la figura de que guerras afortunadas han impedido disturbios interiores y han afianzado el poder estatal interior. Que pueblos que no quieren soportar la soberanía hacia dentro, o que la temen, sean subyugados por otros, y se hayan esforzado por su independencia con tanto menos éxito y honor cuanto menos se pudo llegar, hacia dentro, a una primera institución del poder estatal (su libertad ha muerto del temor a morir); que Estados que tienen la garantía de su independencia no en su fuerza armada, sino en otras consideraciones (como, por ejemplo, Estados desproporcionadamente pequeños frente a sus vecinos), puedan subsistir con una Constitución interior que, para sí, no garantizaría ni reposo hacia dentro ni hacia afuera, etc. — son fenómenos que pertenecen precisamente a esto.
- en: Sobre los modos científicos de tratar el derecho natural ↩︎

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