Puesto que en la propiedad mi voluntad se me hace objetiva como voluntad personal y, por tanto, como voluntad del singular, la propiedad adquiere el carácter de propiedad privada, y la propiedad común, que por su naturaleza puede ser poseída de manera singularizada, adquiere la determinación de una comunidad en sí disoluble, en la cual dejar mi parte es, para sí, cosa del arbitrio.
El uso de objetos elementales no es capaz, por su naturaleza, de ser particularizado en posesión privada. — Las leyes agrarias de Roma contienen una lucha entre el carácter comunitario y el carácter privado de la propiedad de la tierra; este último, en cuanto momento más racional, tuvo que prevalecer, aunque a costa de otro derecho. — La propiedad sujeta a fideicomiso familiar contiene un momento al cual se opone el derecho de la personalidad y, con ello, el de la propiedad privada. Pero las determinaciones que conciernen a la propiedad privada pueden tener que subordinarse a esferas superiores del derecho, a una comunidad, al Estado, como es el caso, con respecto al carácter privado, en la propiedad de una llamada persona moral, la propiedad en mano muerta. Sin embargo, tales excepciones no pueden fundarse en el azar, en el arbitrio privado, en el provecho privado, sino solo en el organismo racional del Estado. — La Idea del Estado platónico contiene como principio universal el entuerto contra la persona de ser incapaz de propiedad privada. |52| La representación de una fraternización de los seres humanos, piadosa o amistosa e incluso forzada, con comunidad de bienes y destierro del principio de la propiedad privada, puede ofrecerse fácilmente a la disposición de ánimo que desconoce la naturaleza de la libertad del espíritu y del derecho y no la capta en sus momentos determinados. En lo que respecta a la consideración moral o religiosa, Epicuro, cuando sus amigos se proponían establecer semejante alianza de comunidad de bienes, los disuadió de ello precisamente por la razón de que esto demostraría desconfianza, y quienes desconfían unos de otros no son amigos (Diógenes Laercio, l. X n. VI).

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