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|120| Puesto que también la satisfacción subjetiva del individuo mismo (incluido el reconocimiento de este en el honor y la fama) está contenida en la ejecución de fines válidos en y para sí, ambas cosas —la exigencia de que solo un fin tal aparezca como querido y alcanzado, así como la opinión según la cual los fines objetivos y los subjetivos se excluirían mutuamente en el querer— son una afirmación vacía del entendimiento abstracto. Más aún, esta afirmación se convierte en algo malo cuando pasa a sostener que la satisfacción subjetiva, porque está presente (como lo está siempre en una obra consumada), es la intención esencial de quien actúa, y que el fin objetivo es algo que solo le ha servido de medio para aquella. — Lo que el sujeto es, es la serie de sus acciones. Si estas son una serie de producciones sin valor, la subjetividad del querer carece igualmente de valor; si, por el contrario, la serie de sus actos es de naturaleza sustancial, también lo es la voluntad interior del individuo.

El derecho de la particularidad del sujeto a encontrarse satisfecho, o, lo que es lo mismo, el derecho de la libertad subjetiva, constituye el punto de inflexión y el centro en la diferencia entre la Antigüedad y la época moderna. Este derecho, en su infinitud, ha sido expresado en el cristianismo y erigido en principio universal efectivo de una nueva forma del mundo. A sus configuraciones más precisas pertenecen el amor, lo romántico, el fin de la bienaventuranza eterna del individuo, etc. — luego la moralidad y la conciencia moral, además las otras formas que en parte se destacarán en lo que sigue como principio de la sociedad civil y como momentos de la constitución política, y en parte aparecen en general en la historia, particularmente en la historia del arte, de las ciencias y de la filosofía. — Este principio de la particularidad es, ciertamente, un momento de la oposición y, en un primer momento al menos, tanto idéntico a lo universal como distinto de él. |121| Pero la reflexión abstracta fija este momento en su diferencia y contraposición frente a lo universal, y produce así una concepción de la moralidad según la cual esta no perduraría sino como lucha hostil contra la propia satisfacción — la exigencia de

«hacer con repugnancia lo que el deber manda»1.

Este mismo entendimiento produce aquella concepción psicológica de la historia que sabe empequeñecer y rebajar todos los grandes hechos e individuos transformando en la intención principal y el resorte eficiente de las acciones las inclinaciones y pasiones que igualmente encontraron su satisfacción en la actividad sustancial, así como la fama y el honor y otras consecuencias, en general el lado particular que antes había decretado como algo malo para sí; — asegura que, puesto que las grandes acciones y la actividad que consistió en una serie de tales acciones han producido algo grande en el mundo y han tenido para el individuo actuante la consecuencia del poder, del honor y de la fama, al individuo no le pertenece aquello grande, sino solo esto particular y exterior que de ello recayó sobre él; puesto que esto particular fue consecuencia, habría sido por eso también fin, e incluso el único fin. — Tal reflexión se atiene a lo subjetivo de los grandes individuos, puesto que ella misma se halla en ello, y pasa por alto, en esta vanidad fabricada por ella misma, lo sustancial de aquellos; — es la concepción «de los ayudas de cámara psicológicos, para quienes no hay héroes, no porque estos no sean héroes, sino porque aquellos son solo ayudas de cámara» (Fenomenología del espíritu, p. 616).

  1. Cf. el dístico de Schiller «Decisum» («… Und mit Abscheu alsdann tun, was die Pflicht dir gebeut.» [«… y hacer entonces con repugnancia lo que el deber te manda.»]) ↩︎

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