En la medida en que la autoconciencia sabe extraer de su fin un lado positivo (§ 135), que este tiene necesariamente porque pertenece al propósito del actuar concreto y efectivo, es capaz, en virtud de tal lado, en cuanto deber e intención excelente, de sostener como buena ante otros y ante sí misma la acción cuyo contenido negativo esencial está a la vez en ella misma, en cuanto reflejada en sí y, por tanto, consciente de lo universal de la voluntad, en la comparación con esto; — [ante]1 otros, y entonces es la hipocresía; ante sí misma, — y entonces es la cima todavía más alta de la subjetividad que se afirma como lo absoluto.
Esta última y más abstrusa forma del mal, por la cual el mal se invierte en bien y el bien en mal, y la conciencia se sabe como este poder y, por ello, se sabe como absoluta, — es la cima más alta de la subjetividad en el punto de vista moral, la forma hasta la cual ha medrado el mal en nuestro tiempo, y precisamente por obra de la filosofía, es decir, de una superficialidad del pensamiento que ha trastocado un concepto profundo en esta figura y que se arroga el nombre de filosofía, del mismo modo que arroga al mal el nombre del bien. Quiero indicar brevemente en esta Observación las figuras principales de esta subjetividad que se han vuelto moneda corriente.
|138| a) En lo que respecta a la hipocresía, en ella están contenidos los momentos siguientes: α) el saber de lo universal verdadero, sea en la forma solo del sentimiento del derecho y del deber, sea en la forma de una noticia y un conocimiento más amplios de ello; β) el querer de lo particular que se opone a este universal, y ello γ) como saber comparativo de ambos momentos, de modo que para la conciencia volente misma su querer particular está determinado como malo. Estas determinaciones expresan el obrar con mala conciencia, todavía no la hipocresía como tal. — En cierta época llegó a ser muy importante la cuestión de si una acción es mala solo en la medida en que se ha realizado con mala conciencia, es decir, con la conciencia desarrollada de los momentos que se acaban de indicar. — Pascal extrae muy bien (Les Provinciales, 4e lettre) la consecuencia de la respuesta afirmativa a esta cuestión: «Ils seront tous damnés ces demi-pécheurs, qui ont quelque amour pour la vertu. Mais pour ces francs pécheurs, pécheurs endurcis, pécheurs sans mélange, pleins et achevés, l’enfer ne les tient pas. |139| Ils ont trompé le diable à force de s’y abandonner.»2 3 — El derecho subjetivo de la autoconciencia a saber la acción bajo la determinación según la cual es en y para sí buena o mala no ha de pensarse en colisión con el derecho absoluto de la objetividad de esta determinación de tal modo que ambos se representen como separables, indiferentes y contingentes el uno frente al otro, relación que se tomó por fundamento especialmente también en las antiguas disputas sobre la gracia eficaz4. El mal es, según el lado formal, lo más propio del individuo, puesto que es precisamente su subjetividad que se pone sin más para sí como propia, y con ello es sin más su culpa (véase § 139 y la Observación al § precedente); y, según el lado objetivo, el ser humano, según su concepto, en cuanto espíritu, es algo racional en general y tiene sin más en sí la determinación de la universalidad que se sabe. Por eso no se lo trata conforme al honor de su concepto cuando se separa de él el lado del bien, y con ello la determinación de su acción mala como mala, y no se le imputa esta como mala. Cuán determinadamente o en qué grado de claridad u oscuridad se haya desarrollado hasta un conocer la conciencia de aquellos momentos en su diferencia, y en qué medida una acción mala se haya llevado a cabo con mayor o menor mala conciencia formal, este es el lado más indiferente, que atañe más a lo empírico.
|140| b) Pero obrar mal y con mala conciencia no es todavía la hipocresía; en esta se añade la determinación formal de la falsedad, la de sostener el mal, en primer lugar ante otros, como bueno, y de presentarse en general exteriormente como bueno, concienzudo, piadoso y cosas semejantes, lo cual, de este modo, no es más que un artificio de engaño para otros. Pero el malvado puede además, en sus otras buenas obras o en su piedad, en general en buenas razones, encontrar para sí mismo una legitimación del mal, en cuanto por medio de ellas lo invierte para sí en bien. Esta posibilidad reside en la subjetividad, que, en cuanto negatividad abstracta, sabe todas las determinaciones como sometidas a ella y como procedentes de ella. A esta inversión pertenece, en primer lugar,
c) la figura conocida como el probabilismo. Este erige en principio que una acción para la cual la conciencia sabe procurarse alguna buena razón, aunque sea solo la autoridad de un teólogo, y aun cuando sepa que otros teólogos se apartan todo lo que se quiera del juicio de este, — está permitida, y que la conciencia moral puede estar segura al respecto. Incluso en esta representación está todavía presente la conciencia correcta de que tal razón y autoridad solo dan probabilidad, aunque esto baste para la seguridad de la conciencia moral; en ello se admite que una buena razón solo es de tal naturaleza que junto a ella puede haber otras razones al menos igual de buenas. También cabe reconocer todavía aquí este rastro de objetividad: que ha de ser una razón la que determine. |141| Pero en cuanto la decisión sobre el bien o el mal se hace depender de las muchas buenas razones, entre las cuales se cuentan también aquellas autoridades, y estas razones son tantas y tan opuestas, en ello reside a la vez que no es esta objetividad de la cosa, sino la subjetividad, la que ha de decidir, — el lado por el cual el capricho y el arbitrio se convierten en lo decisivo sobre lo bueno y lo malo, y la eticidad, al igual que la religiosidad, queda socavada. Pero que sea la propia subjetividad aquella en la que recae la decisión, esto todavía no está enunciado como el principio; antes bien, como se ha observado, se hace pasar una razón por lo decisivo; el probabilismo es, en esa medida, todavía una figura de la hipocresía.
d) El grado inmediatamente superior es que la buena voluntad haya de consistir en que quiera el bien; este querer del bien abstracto ha de bastar, más aún, ha de ser el único requisito para que la acción sea buena. En cuanto la acción, como querer determinado, tiene un contenido, mientras que el bien abstracto no determina nada, queda reservado a la subjetividad particular darle su determinación y su cumplimiento. Así como en el probabilismo, para quien no es él mismo un docto Révérend Père, es la autoridad de tal teólogo en [virtud de]5 la cual puede hacerse la subsunción de un contenido determinado bajo la determinación universal del bien, así aquí cada sujeto está investido inmediatamente de esta dignidad, la de poner el contenido en el bien abstracto o, lo que es lo mismo, la de subsumir un contenido bajo un universal. Este contenido es, en la acción en cuanto concreta en general, un lado entre los varios que ella tiene, lados que tal vez incluso puedan darle el predicado de criminal y mala. Pero aquella determinación subjetiva mía del bien es el bien sabido por mí en la acción, la buena intención (§ 114). Se presenta con ello una oposición de determinaciones, según una de las cuales la acción es buena, pero según otras es criminal. Con ello parece surgir también, en la acción efectiva, la pregunta de si la intención es efectivamente buena. |142| Pero que el bien sea intención efectiva, esto no solo puede ser el caso en general, sino que, en el punto de vista en que el sujeto tiene el bien abstracto por fundamento de determinación, tiene incluso que poder ser siempre el caso. Lo que, mediante una acción tal, que según otros lados se determina como criminal y mala, es lesionado por la buena intención es ciertamente también bueno, y parecería que todo depende de cuál de estos lados sea el más esencial. Pero esta pregunta objetiva desaparece aquí, o más bien es la subjetividad de la conciencia misma aquella cuya decisión es lo único que constituye lo objetivo. Esencial y bueno son, por lo demás, sinónimos; aquel es una abstracción del mismo tipo que este; bueno es lo que es esencial respecto de la voluntad, y lo esencial en este respecto ha de ser precisamente esto: que una acción esté determinada para mí como buena. |143| Pero la subsunción de cualquier contenido bajo el bien resulta por sí misma, inmediatamente, de que este bien abstracto, como no tiene contenido alguno, se reduce por completo a significar en general algo positivo, — algo que vale en algún respecto y que, según su determinación inmediata, puede valer también como un fin esencial; — por ejemplo, hacer el bien a los pobres, cuidar de mí, de mi vida, de mi familia, etc. Además, así como el bien es lo abstracto, así también lo malo es lo carente de contenido, que recibe su determinación de mi subjetividad; y de este lado resulta también el fin moral de odiar y extirpar lo malo indeterminado. — El robo, la cobardía, el asesinato, etc., tienen, en cuanto acciones, es decir, en general en cuanto llevadas a cabo por una voluntad subjetiva, inmediatamente la determinación de ser la satisfacción de tal voluntad y, con ello, algo positivo; y para hacer buena la acción solo importa saber este lado positivo como mi intención en ella, y este lado es, para la determinación de que la acción es buena, el esencial, precisamente porque yo lo sé como el bien en mi intención. El robo para hacer el bien a los pobres, el robo, la huida de la batalla para, por deber, cuidar de su vida, de su familia (quizá, por añadidura, también pobre), — el asesinato por odio y venganza, es decir, para satisfacer el sentimiento de sí de su derecho, del derecho en general, y el sentimiento de la maldad del otro, de su entuerto contra mí o contra otros, contra el mundo o el pueblo en general, mediante la aniquilación de este hombre malo que tiene en sí lo malo mismo, con lo cual se aporta al menos una contribución al fin de extirpar lo malo, — quedan de este modo convertidos, en virtud del lado positivo de su contenido, en buena intención y, con ello, en buena acción. Basta una formación del entendimiento sumamente escasa para encontrar, como aquellos doctos teólogos, un lado positivo en cada acción y, con ello, una buena razón e intención. — Así se ha dicho que propiamente no hay ningún malvado, pues este no quiere el mal por el mal, es decir, no quiere lo puramente negativo como tal, sino que quiere siempre algo positivo y, por tanto, según este punto de vista, un bien. En este bien abstracto han desaparecido la diferencia entre bueno y malo y todos los deberes efectivos; por eso, querer meramente el bien y tener una buena intención en una acción es así, más bien, el mal, en la medida en que el bien se quiere solo en esta abstracción y, con ello, su determinación queda reservada al arbitrio del sujeto.
Aquí tiene su lugar también la tristemente célebre proposición: el fin santifica los medios. — Tomada así, por sí misma, esta expresión es de entrada trivial e insustancial. Se puede replicar con la misma indeterminación que un fin santo santifica ciertamente los medios, pero que un fin no santo no los santifica. |144| Si el fin es justo, también lo son los medios: esta es una expresión tautológica en la medida en que el medio es precisamente aquello que no es nada por sí, sino que es en virtud de otro, y tiene en este, en el fin, su determinación y su valor, — si es que en verdad es un medio. — Pero con aquella proposición no se quiere decir el sentido meramente formal, sino que se entiende por ella algo más determinado, a saber, que para un buen fin está permitido, e incluso puede ser un deber, emplear como medio algo que por sí no es en absoluto un medio, lesionar algo que por sí es sagrado, hacer, pues, de un crimen el medio de un buen fin. En aquella proposición flota, por un lado, la conciencia indeterminada de la dialéctica de lo positivo, antes señalada, en determinaciones jurídicas o éticas aisladas, o de proposiciones universales igualmente indeterminadas como: no matarás, o: debes cuidar de tu bienestar, del bienestar de tu familia. Los tribunales, los guerreros, tienen no solo el derecho, sino el deber de matar seres humanos, pero allí está exactamente determinado en razón de qué cualidad de las personas y bajo qué circunstancias esto está permitido y es deber.6 Así también mi bienestar, el bienestar de mi familia, deben posponerse a fines más altos y, con ello, rebajarse a medios. Pero lo que se designa como crimen no es una universalidad dejada así indeterminada, que estuviera todavía sujeta a una dialéctica, sino que tiene ya su delimitación objetiva determinada. Lo que ahora, en el fin que debía quitar al crimen su naturaleza, se contrapone a tal determinación, el fin santo, no es otra cosa que la opinión subjetiva acerca de lo que sea bueno y mejor. |145| Es lo mismo que ocurre cuando el querer se detiene en el bien abstracto, a saber, que toda determinidad del bien y de lo malo, del derecho y del entuerto, que es y vale en y para sí, queda suprimida, y esta determinación se atribuye al sentimiento, al representar y al capricho del individuo. — La opinión subjetiva se enuncia, por último, expresamente como la regla del derecho y del deber, en cuanto
e) la convicción que tiene algo por justo ha de ser aquello por lo cual se determine la naturaleza ética de una acción. El bien que se quiere no tiene todavía contenido alguno; el principio de la convicción contiene ahora esta precisión ulterior: que la subsunción de una acción bajo la determinación del bien corresponde al sujeto. Con ello ha desaparecido también por completo la apariencia de una objetividad ética. Semejante doctrina está inmediatamente vinculada con la filosofía que así se denomina a sí misma, mencionada ya varias veces, la cual niega la cognoscibilidad de lo verdadero7 — y lo verdadero del espíritu volente, su racionalidad en la medida en que se realiza, son los mandamientos éticos —. Al hacer pasar tal filosofar el conocimiento de lo verdadero por una vanidad vacía que sobrevuela el círculo del conocer, el cual solo sería lo aparente, tiene que hacer inmediatamente también de lo aparente, respecto del obrar, su principio, y poner así lo ético en la visión del mundo peculiar del individuo y en su convicción particular8. |146| La degradación a la que así ha descendido la filosofía aparece ciertamente, en un primer momento, ante el mundo como un suceso sumamente indiferente, que solo le habría ocurrido al ocioso parloteo de escuela; pero necesariamente tal visión se forma hasta introducirse en la visión de lo ético, como en una parte esencial de la filosofía, y solo entonces aparece en la efectividad y para ella lo que hay en aquellas visiones. — Por la difusión de la visión de que es la convicción subjetiva aquello por lo cual únicamente se determina la naturaleza ética de una acción, ha ocurrido que antes se hablaba ciertamente mucho, pero hoy en día ya poco, de hipocresía; pues la calificación del mal como hipocresía tiene como fundamento que ciertas acciones son en y para sí faltas, vicios y crímenes, y que quien las comete las sabe necesariamente como tales, en la medida en que sabe y reconoce los principios y las acciones exteriores de la piedad y de la rectitud precisamente en la apariencia para la cual abusa de ellos. O bien, respecto del mal en general, valía el presupuesto de que era deber conocer el bien y saber distinguirlo del mal. Pero, en todo caso, valía la exigencia absoluta de que el ser humano no cometiera acciones viciosas y criminales, y de que estas, en la medida en que es un ser humano y no una bestia, hubieran de imputársele como tales. Pero si el buen corazón, la buena intención y la convicción subjetiva se declaran aquello que da a las acciones su valor, entonces ya no hay hipocresía ni, en general, mal alguno, pues lo que uno hace sabe convertirlo en algo bueno mediante la reflexión de las buenas intenciones y los motivos, y por el momento de su convicción es bueno.9 |147| Así ya no hay crímenes ni vicios en y para sí, y el lugar del pecar franco y libre, endurecido, no enturbiado, antes aducido, lo ha ocupado la conciencia de la justificación completa por la intención y la convicción. Mi intención del bien en mi acción y mi convicción de que es buena la convierten en buena. En la medida en que se llega a hablar de un enjuiciar y juzgar la acción, es, en virtud de este principio, solo según la intención y la convicción del agente, según su fe, como este ha de ser juzgado, — no en el sentido en que Cristo exige una fe en la verdad objetiva, de modo que para quien tiene una fe mala, es decir, una convicción mala según su contenido, también el juicio resulte malo, es decir, conforme a este contenido malo, sino según la fe en el sentido de la fidelidad a la convicción, según si el ser humano ha permanecido en su obrar fiel a su convicción, la fidelidad subjetiva formal, la única que contendría lo conforme al deber. — Con este principio de la convicción, puesto que esta está a la vez determinada como algo subjetivo, tiene que imponerse ciertamente también el pensamiento de la posibilidad de un error, en lo cual reside, por tanto, el presupuesto de una ley que es en y para sí. Pero la ley no actúa; es solo el ser humano efectivo quien actúa, y en el valor de las acciones humanas, según aquel principio, solo puede importar en qué medida ha acogido aquella ley en su convicción. |148| Pero si, según esto, no son las acciones las que han de enjuiciarse según aquella ley, es decir, las que han de medirse en general por ella, entonces no se ve para qué ha de ser y servir todavía aquella ley. Tal ley queda rebajada a una mera letra exterior, de hecho a una palabra vacía, pues solo mediante mi convicción se la hace una ley, algo que me obliga y me vincula. — Que tal ley tenga a su favor la autoridad de Dios, del Estado, y también la autoridad de milenios, en los cuales fue el vínculo en el que los seres humanos y todo su obrar y su destino se mantienen unidos y tienen consistencia, — autoridades que encierran en sí una infinidad de convicciones de individuos —, y que Yo, frente a ello, ponga la autoridad de mi convicción singular — como convicción subjetiva mía, su validez es solo autoridad —, esta presunción, que a primera vista parece monstruosa, queda eliminada por el principio mismo, en cuanto este hace de la convicción subjetiva la regla. — Ahora bien, si por la inconsecuencia superior que introducen la razón y la conciencia moral, imposibles de desterrar por la ciencia superficial y la mala sofistería, se admite la posibilidad de un error, entonces, con decir que el crimen y el mal en general son un error, la falta queda reducida a su mínima expresión. Pues errar es humano: ¿quién no se habrá equivocado sobre esto y aquello, sobre si ayer comí col o repollo al mediodía, y sobre innumerables cosas, menos y más importantes? Sin embargo, la diferencia entre lo importante y lo no importante desaparece si lo único que importa es la subjetividad de la convicción y la perseverancia en ella. |149| Pero aquella inconsecuencia superior acerca de la posibilidad de un error, que proviene de la naturaleza de la cosa, se convierte de hecho, en el giro según el cual una mala convicción es solo un error, únicamente en la otra inconsecuencia, la de la deshonestidad; una vez ha de ser la convicción aquello sobre lo cual se asientan lo ético y el valor supremo del ser humano, y con ello se la declara lo supremo y sagrado; y la otra vez aquello de lo que se trata no es más que un errar, y mi estar convencido es algo insignificante y contingente, — propiamente algo exterior, que puede ocurrirme de un modo u otro. De hecho, mi estar convencido es algo sumamente insignificante si no puedo conocer nada verdadero; entonces es indiferente cómo pienso, y me queda para pensar aquel bien vacío, la abstracción del entendimiento. — Por lo demás, para señalar también esto, según este principio de la legitimación sobre la base de la convicción resulta, para el modo de obrar de otros frente a mi obrar, la consecuencia de que, si ellos, según su fe y su convicción, tienen mis acciones por crímenes, tienen toda la razón al hacerlo; — una consecuencia en la que no solo no conservo ventaja alguna, sino que, al contrario, quedo rebajado del punto de vista de la libertad y del honor a la relación de la falta de libertad y del deshonor, a saber, a experimentar en la justicia, que en sí es también lo mío, solo una convicción subjetiva ajena, y a creerme tratado, en su ejercicio, solo por una violencia exterior.
|150| f) La forma más alta, por último, en la cual esta subjetividad se capta y se expresa por completo, es la figura que se ha llamado, con un nombre tomado en préstamo de Platón, ironía; — pues solo el nombre está tomado de Platón, quien lo usaba para un modo de proceder de Sócrates que este empleaba en la conversación personal contra la presunción de la conciencia inculta y de la sofística, al servicio de la Idea de la verdad y de la justicia, pero tratando irónicamente solo a aquella conciencia, no a la Idea misma. |151| |152| La ironía atañe solo a un comportamiento del diálogo frente a personas; sin la dirección personal, el movimiento esencial del pensamiento es la dialéctica, y Platón estaba tan lejos de tomar lo dialéctico por sí mismo, o incluso la ironía, por lo último y por la Idea misma, que, al contrario, sumergió en la sustancialidad de la Idea, llevándolo allí a término, el ir y venir del pensamiento, y más aún el de una opinión subjetiva.10 — La cima que aquí queda todavía por considerar, la de la subjetividad que se capta como lo último, solo puede ser esta: saberse además como aquel resolver y decidir sobre la verdad, el derecho y el deber que ya está presente en sí en las formas precedentes. Consiste, pues, en saber ciertamente lo éticamente objetivo, pero no en adentrarse, olvidándose de sí y renunciando a sí, en la seriedad de ello y obrar a partir de ello, sino en mantenerlo a la vez, en la relación con ello, a distancia de sí, y en saberse a sí misma como aquello que así quiere y resuelve, y que puede igualmente bien querer y resolver de otro modo. — Vosotros tomáis una ley, de hecho y honradamente, como algo que es en y para sí; Yo también estoy presente y dentro de ella, pero voy también más lejos que vosotros, estoy también por encima de ella y puedo hacerlo de un modo u otro. |153| No es la cosa lo excelente, sino que Yo soy el excelente, y soy el maestro por encima de la ley y de la cosa11, que con ello, como con su capricho, solo juega, y en esta conciencia irónica, en la cual Yo dejo perecer lo supremo, solo gozo de mí mismo. — Esta figura no es solo la vanidad de todo contenido ético de los derechos, deberes, leyes — el mal, y ciertamente el mal enteramente universal en sí —, sino que añade además la forma, la vanidad subjetiva, de saberse a sí misma como esta vanidad de todo contenido y, en este saber, saberse a sí misma como lo absoluto. — En qué medida esta autocomplacencia absoluta no permanece como un solitario culto divino de sí misma, sino que puede formar también, por ejemplo, una comunidad cuyo vínculo y sustancia sean también, por ejemplo, el aseguramiento recíproco de escrupulosidad de conciencia y de buenas intenciones, el regocijo por esta pureza mutua, pero sobre todo el recrearse en la magnificencia de este saberse y expresarse, y en la magnificencia de este abrigar y cuidar, — en qué medida lo que se ha llamado alma bella, la subjetividad más noble que se va extinguiendo en la vanidad de toda objetividad y, con ello, en la inefectividad de sí misma, así como otras configuraciones, son giros emparentados con el grado aquí considerado, — lo he tratado en la Fenomenología del espíritu, p. 605 y ss., donde puede compararse toda la sección c), la conciencia moral, especialmente también en lo que respecta al tránsito a un grado — allí, por lo demás, determinado de otro modo — superior en general.12
- insertado en el ejemplar personal [de Hegel] ↩︎
- «Serán condenados todos esos medio pecadores que todavía tienen algo de amor a la virtud. Pero a esos pecadores manifiestos, pecadores empedernidos, pecadores sin mezcla, enteros y consumados, a esos ya no los tiene el infierno: han engañado al diablo entregándose por completo.» (La primera frase no concuerda con el original.) ↩︎
- Nota de Hegel. Pascal aduce allí también la intercesión de Cristo en la cruz por sus enemigos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», — una súplica superflua si la circunstancia de que no supieran lo que hacían hubiera conferido ya a su acción la cualidad de no ser mala y, por tanto, de no necesitar perdón. Igualmente aduce la opinión de Aristóteles (el pasaje se halla en la Ethica Nicomachea III, 2 [1110 b 27]), quien distingue si el que actúa es οὐκ εἰδώς o ἀγνοῶν; en el primer caso, el de la ignorancia, actúa involuntariamente (esta ignorancia se refiere a las circunstancias exteriores; véase más arriba el § 117), y la acción no le es imputable. Pero sobre el otro caso dice Aristóteles: «Todo malvado ignora lo que se ha de hacer y lo que se ha de omitir, y precisamente esta falta (ἁμαρτία) es lo que hace a los hombres injustos y, en general, malos. El desconocimiento en la elección del bien y del mal no hace que una acción sea involuntaria (que no pueda imputarse), sino solo que sea mala.» Aristóteles tenía, ciertamente, una intelección más profunda de la conexión entre el conocer y el querer que la que se ha vuelto moneda corriente en una filosofía superficial, la cual enseña que el no conocer, el ánimo y el entusiasmo son los verdaderos principios del obrar ético. ↩︎
- Ejemplar personal de Hegel. Gracia eficaz — el ser humano absolutamente pasivo; la gracia no encuentra nada inmanente al ser humano. ↩︎
- insertado en el ejemplar personal [de Hegel] ↩︎
- Ejemplar personal de Hegel. Deberes — esencialmente como sistema — subordinación objetiva. ↩︎
- Ejemplar personal de Hegel. Forma filosófica ↩︎
- Ejemplar personal de Hegel. Principios ↩︎
- Nota de Hegel. «Que él se sienta plenamente convencido, de eso no dudo en lo más mínimo. Pero cuántos hombres no emprenden, a partir de semejante convicción sentida, los peores desafueros. Así pues, si este fundamento ha de poder disculpar en todas partes, ya no hay juicio racional alguno sobre resoluciones buenas y malas, venerables y despreciables; el desvarío tiene entonces los mismos derechos que la razón, o la razón ya no tiene entonces derecho alguno, ningún prestigio válido; su voz es un absurdo; ¡quien simplemente no dude, ese está en la verdad!
Me estremezco ante las consecuencias de semejante tolerancia, que sería una tolerancia excluyente en favor de la sinrazón.»
Fr. H. Jacobi al conde Holmer, Eutin, 5 de agosto de 1800; sobre el cambio de religión del conde Stolberg (Brennus, Berlín, agosto de 1802). ↩︎ - Nota de Hegel. Mi difunto colega, el profesor Solger, adoptó ciertamente la expresión de la ironía, introducida por el señor Fried. v. Schlegel en un período anterior de su carrera de escritor y elevada hasta aquella subjetividad que se sabe a sí misma como lo supremo; pero su sentido mejor, alejado de tal determinación, y su intelección filosófica solo captaron y retuvieron en ella, principalmente, el lado de lo propiamente dialéctico, del pulso motor de la consideración especulativa. Pero no puedo encontrar del todo claro, ni puedo concordar con, los conceptos que el mismo desarrolla todavía en su último y sustancioso trabajo, una extensa crítica de las lecciones del señor August Wilhelm v. Schlegel sobre el arte dramático y la literatura (Wiener Jahrb., t. VII, p. 90 y ss.). «La verdadera ironía», dice Solger allí, p. 92, «parte del punto de vista de que el ser humano, mientras vive en este mundo presente, solo puede cumplir su destino, también en el sentido más elevado de la palabra, en este mundo. Todo aquello con lo que creemos ir más allá de los fines finitos es una ilusión vana y vacía … También lo supremo solo está ahí para nuestro obrar en una configuración limitada y finita.» Esto, bien entendido, es platónico y está dicho con mucha verdad contra el afán vacío, mencionado allí antes, que tiende hacia lo infinito (abstracto). |152| Pero que lo supremo esté en una configuración finita limitada, como lo ético — y lo ético es esencialmente como efectividad y acción —, esto es muy distinto de que sea un fin finito; la configuración, la forma de lo finito, no le quita al contenido, a lo ético, nada de su sustancialidad ni de la infinitud que tiene en sí mismo. Sigue diciendo: «Y precisamente por eso ello (lo supremo) es en nosotros tan nulo como lo más ínfimo y perece necesariamente con nosotros y con nuestro sentido nulo, pues en verdad solo está ahí en Dios, y en este ocaso se transfigura como algo divino, del que no participaríamos si no hubiera una presencia inmediata de esto divino, que se revela precisamente en el desvanecerse de nuestra efectividad; y el temple de ánimo al que esto se le hace patente de manera inmediata en los propios acontecimientos humanos es la ironía trágica.» No importaría el nombre arbitrario de ironía, pero hay algo poco claro en que sea lo supremo lo que perezca con nuestra nulidad, y en que lo divino solo se revele en el desvanecerse de nuestra efectividad, como se dice también allí mismo, p. 91: «Vemos a los héroes llegar a dudar de lo más noble y más bello de sus disposiciones de ánimo y sentimientos, no solo respecto del éxito, sino también de su origen y de su valor; es más, nos elevamos ante el ocaso de lo mejor mismo.» Que el ocaso trágico de figuras sumamente éticas solo pueda interesar (el ocaso justo de bribones puros y criminales engreídos, como lo es, por ejemplo, el héroe de una tragedia moderna, La culpa [de Adolf Müllner, 1816], tiene ciertamente un interés jurídico-criminal, pero ninguno para el verdadero arte del que aquí se trata), elevar y reconciliar consigo mismo en la medida en que tales figuras se presentan unas frente a otras con potencias éticas diferentes y de igual derecho que, por desgracia, han entrado en colisión, y así, por esta su oposición a algo ético, tienen culpa, de lo cual surgen en nosotros el derecho y el entuerto de ambas y, con ello, la verdadera Idea ética, purificada y triunfante sobre esta unilateralidad y, por tanto, reconciliada, de modo que no es lo supremo en nosotros lo que perece, y no nos elevamos ante el ocaso de lo mejor, sino, al contrario, ante el triunfo de lo verdadero, — que este es el verdadero interés puramente ético de la tragedia antigua (en la romántica esta determinación sufre todavía una modificación ulterior), lo he expuesto en la Fenomenología del espíritu (p. 404 y ss., cf. 683 y ss.) [t. 3, p. 343 y ss., cf. 533 y ss.]. Pero la Idea ética, sin aquella desgracia de la colisión y sin el ocaso de los individuos atrapados en esta desgracia, es efectiva y presente en el mundo ético; y que esto supremo no se presente en su efectividad como algo nulo, esto es lo que la existencia ética real, el Estado, se propone y produce, y lo que en él la autoconciencia ética posee, intuye y sabe, y lo que concibe el conocer pensante. ↩︎
- Ejemplar personal de Hegel. Virtuosismo, genialidad — maestro de lo ético ↩︎
- Fenomenología del espíritu 1807, p. 605 y ss.: «La conciencia moral. El alma bella, el mal y su perdón» ↩︎

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