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La interioridad del principio, en cuanto reconciliación y solución todavía abstracta de toda oposición, existente en el sentimiento como fe, amor y esperanza, despliega su contenido, para elevarlo a efectividad y a racionalidad autoconsciente, hasta un reino mundano que parte del ánimo, de la fidelidad y de la comunidad de hombres libres, el cual, en esta su subjetividad, es igualmente un reino del arbitrio tosco que es para sí y de la barbarie de las costumbres — frente a un mundo del más allá, un reino intelectual, cuyo contenido es ciertamente aquella verdad de su espíritu, pero, como todavía no pensado, está envuelto en la barbarie de la representación, y que, como poder espiritual sobre el ánimo efectivo, se comporta frente a este como una fuerza no libre y terrible.

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