La universalidad de esta voluntad libre para sí es la relación simple, formal, autoconsciente, por lo demás carente de contenido, consigo misma en su singularidad – el sujeto es, en esta medida, persona. En la personalidad reside que yo, en cuanto este, determinado y finito por todos los lados (en el arbitrio interior, el impulso y el deseo, así como según la existencia exterior inmediata), soy sin embargo relación absolutamente pura conmigo mismo, y que en la finitud me sé así como lo infinito, universal y libre.
La personalidad comienza recién allí donde el sujeto no tiene simplemente una autoconciencia de sí en general como algo concreto, determinado de algún modo, sino más bien una autoconciencia de sí como Yo completamente abstracto, en el cual toda limitación y validez concretas están negadas y son inválidas. En la personalidad hay, por tanto, el saber de sí como objeto, pero como objeto elevado por el pensamiento a la simple infinitud y, por ello, puramente idéntico a sí mismo. Los individuos y los pueblos no tienen todavía personalidad en la medida en que aún no han llegado a este puro pensar y saber de sí. El espíritu que es en y para sí se distingue del espíritu que aparece en que, en la misma determinación en la que este último es solo autoconciencia, conciencia de sí, pero solo según la voluntad natural y sus oposiciones todavía exteriores (Fenomenología del Espíritu, Bamberg y Wurzburgo, 1807, p. 101 y ss., y Enciclopedia de las ciencias filosóficas, § 344), el espíritu se tiene a sí mismo como Yo abstracto y, por cierto, libre, por objeto y fin, y es así persona*. *) Enciclopedia, 3.ª ed., § 424

Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.