En la dura lucha de estos reinos, que están en la diferencia —la cual ha ganado aquí su oposición absoluta— y que a la vez arraigan en una unidad e Idea, lo eclesiástico degrada la existencia de su cielo hacia el más acá terrenal y hacia la mundanidad común, tanto en la realidad como en la representación, mientras que lo mundano, por el contrario, forma su ser-para-sí abstracto hasta el pensamiento y hasta el principio del ser y saber racionales, hasta la racionalidad del derecho y de la ley; con ello, la oposición ha desaparecido en sí hasta convertirse en una figura sin médula; el presente ha despojado su barbarie y su arbitrio antijurídico, y la verdad ha despojado su más allá y su poder contingente, de modo que la verdadera reconciliación se ha vuelto objetiva, la cual despliega al Estado hasta la imagen y la realidad de la razón, en la cual la autoconciencia encuentra la realidad de su saber y querer sustanciales en desarrollo orgánico, así como, en la religión, el sentimiento y la representación de esta su verdad como esencialidad ideal, y, en la ciencia, el conocimiento libremente concebido de esta verdad, como una y la misma en sus manifestaciones que se completan recíprocamente: el Estado, la naturaleza y el mundo ideal.


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