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La historia del espíritu es su hecho, pues él solo es lo que hace, y su hecho es hacerse, y por cierto aquí como espíritu, objeto de su conciencia, aprehenderse exponiéndose a sí mismo para sí mismo. Este aprehender es su ser y principio, y la culminación de un aprehender es a la vez su enajenación y su tránsito. El espíritu que, expresado formalmente, aprehende de nuevo este aprehender, y, lo que es lo mismo, vuelve en sí desde la enajenación, es el espíritu de la etapa superior frente a sí mismo, tal como se encontraba en aquel primer aprehender.

Aquí cae la pregunta sobre la perfectibilidad y la educación del género humano. Quienes han afirmado esta perfectibilidad han presentido algo de la naturaleza del espíritu, de su naturaleza de tener por ley de su ser el γνῶθι σεαυτόν [conócete a ti mismo], y de ser, al aprehender lo que es, una figura superior a esta que constituía su ser. Pero, para quienes rechazan este pensamiento, el espíritu ha seguido siendo una palabra vacía, así como la historia un juego superficial de esfuerzos y pasiones contingentes, los llamados meramente humanos. Si con ello expresan también, en las expresiones de providencia y plan de la providencia, la fe en un gobierno superior, esto sigue siendo representaciones no cumplidas, puesto que declaran expresamente el plan de la providencia como algo incognoscible e incomprensible para ellos.

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