Pero la verdad de esta universalidad formal, indeterminada en sí misma y que encuentra su determinidad en aquella materia, es la universalidad que se determina a sí misma, la voluntad, la libertad. Al tener la universalidad, a sí misma, como la forma infinita, por contenido, objeto y fin, no es solo la voluntad libre en sí, sino igualmente la voluntad libre para sí – la .
La autoconciencia de la voluntad, en cuanto deseo, impulso, es sensible, así como lo sensible en general designa la exterioridad y, con ello, el estar-fuera-de-sí de la autoconciencia. La voluntad reflexionante tiene los dos elementos, aquel elemento sensible y la universalidad pensante; la voluntad que es en y para sí tiene a la voluntad misma como tal, y con ello a sí misma en su pura universalidad, por objeto – la universalidad que consiste precisamente en esto: que la inmediatez de la naturalidad y la particularidad de que la naturalidad está igualmente afectada, en cuanto es producida por la reflexión, están suprimidas en ella. Pero este suprimir y elevar a lo universal es lo que se llama la actividad del pensar. La autoconciencia que purifica y eleva su objeto, contenido y fin hasta esta universalidad, lo hace en cuanto el pensar que se impone en la voluntad. Aquí está el punto en el que se aclara que la voluntad solo es voluntad verdadera y libre en cuanto inteligencia pensante. El esclavo no conoce su esencia, su infinitud, la libertad; no se conoce a sí mismo como esencia, – y el no conocerse así significa que no se piensa a sí mismo. Esta autoconciencia, que mediante el pensar se aprehende a sí misma como esencia y con ello precisamente se despoja de lo contingente y lo no verdadero, constituye el principio del derecho, de la moralidad y de toda eticidad. Quienes hablan filosóficamente del derecho, la moralidad, la eticidad, y quieren con ello excluir el pensar, remitiendo en cambio al sentimiento, al corazón y al pecho, al entusiasmo, expresan con ello el más profundo desprecio en que han caído el pensamiento y la ciencia, puesto que así la ciencia misma, hundida en la desesperación de sí y en el mayor decaimiento, hace de la barbarie y de la falta de pensamiento su propio principio y, en cuanto de ella dependiera, despojaría al hombre de toda verdad, valor y dignidad.

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