La persona tiene el derecho de poner su voluntad en toda cosa, la cual, por ello, se convierte en mía, recibiendo mi voluntad como su fin sustancial —puesto que ella no tiene tal fin en sí misma— como su determinación y su alma: derecho absoluto de apropiación del ser humano sobre todas las cosas.
Aquella llamada filosofía que atribuye a las cosas singulares inmediatas, a lo impersonal, realidad en el sentido de independencia y verdadero ser-para-sí y ser-en-sí, así como aquella que asegura que el espíritu no puede conocer la verdad ni saber qué es la cosa en sí, quedan directamente refutadas por el comportamiento de la voluntad libre frente a estas cosas. Si para la conciencia, para la intuición y la representación, las llamadas cosas exteriores tienen la apariencia de independencia, la voluntad libre es, por el contrario, el idealismo, la verdad de tal realidad.

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