§ 150

Lo ético, en la medida en que se refleja en el carácter individual, determinado por la naturaleza, en cuanto tal, es la virtud, la cual, en la medida en que no muestra otra cosa que la simple adecuación del individuo a los deberes de las relaciones a que pertenece, es rectitud.

Qué debe hacer el ser humano, cuáles son los deberes que ha de cumplir para ser virtuoso, es fácil de decir en una comunidad ética — no hay otra cosa que hacer por él sino lo que le está prescrito, expresado y conocido en sus relaciones. La rectitud es lo universal que puede exigírsele, en parte jurídica, en parte éticamente. Pero aparece fácilmente, para el punto de vista moral, como algo subordinado, sobre lo cual habría que exigir todavía más de sí mismo y de los demás; pues el afán de ser algo particular no se contenta con lo que es en y para sí y universal; solo encuentra la conciencia de su peculiaridad en una excepción. — Los diversos lados de la rectitud pueden llamarse igualmente virtudes, porque son igualmente propiedad —aunque, en comparación con otras, no particular— del individuo. Pero hablar de la virtud linda fácilmente con la declamación vacía, porque con ello solo se habla de algo abstracto e indeterminado, así como también tal discurso, con sus razones y exposiciones, se dirige al individuo como a un arbitrio y un capricho subjetivo. En un estado ético existente, cuyas relaciones están completamente desarrolladas y realizadas, la virtud propiamente dicha tiene su lugar y realidad solo en circunstancias extraordinarias y en colisiones de aquellas relaciones — en colisiones verdaderas, pues la reflexión moral puede crearse colisiones por doquier y darse conciencia de algo particular y de sacrificios realizados. En el estado no formado de la sociedad y la comunidad aparece, por ello, más la forma de la virtud como tal, porque aquí lo ético y su realización son más un arbitrio individual y una naturaleza genial peculiar del individuo, así como los antiguos predicaron especialmente de Hércules la virtud. También en los Estados antiguos, porque en ellos la eticidad no había llegado a este sistema libre de un desarrollo independiente y de objetividad, tuvo que ser la genialidad peculiar de los individuos la que supliera esta carencia. — La doctrina de las virtudes, en la medida en que no es meramente doctrina de los deberes y comprende, por tanto, lo particular del carácter, fundado en la determinidad natural, será entonces una historia natural espiritual. En la medida en que las virtudes son lo ético en su aplicación a lo particular, y son, según este lado subjetivo, algo indeterminado, entra para su determinación lo cuantitativo del más y el menos; su consideración trae consigo, por ello, los defectos o vicios opuestos, como en Aristóteles, quien, según su recto sentido, determinó por ello la virtud particular como el término medio entre un demasiado y un demasiado poco. — El mismo contenido que adopta la forma de deberes, y luego de virtudes, es también el que tiene la forma de impulsos (§ 19, Observación). También ellos tienen el mismo contenido por fundamento; pero, porque en ellos este pertenece todavía a la voluntad inmediata y al sentimiento natural, y no está elevado a la determinación de la eticidad, tienen en común con el contenido de los deberes y las virtudes solo el objeto abstracto, el cual, en cuanto carente de determinación en sí mismo, no contiene para ellos el límite entre lo bueno o lo malo — o son, según la abstracción de lo positivo, buenos, y, a la inversa, según la abstracción de lo negativo, malos (§ 18).

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