La opinión pública merece, por ello, tanto ser estimada como despreciada: esto, según su conciencia concreta y su manifestación; aquello, según su fundamento esencial, que, más o menos enturbiado, solo brilla en aquello concreto. Puesto que en ella misma no reside la medida de la distinción, ni la capacidad de elevar el lado sustancial a un saber determinado en sí, la independencia frente a ella es la primera condición formal para algo grande y racional (tanto en la realidad como en la ciencia). Esto puede estar seguro, por su parte, de que ella, en lo sucesivo, se lo dejará agradar, lo reconocerá, y lo convertirá en uno de sus prejuicios.

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