Mediante el resolver, la voluntad se pone a sí misma como voluntad de un individuo determinado y como algo que se distingue hacia afuera frente a lo otro. Pero, aparte de esta finitud como conciencia (§ 8), la voluntad inmediata es, en razón de la diferencia entre su forma y su contenido (§ 11), formal; solo le corresponde el resolver abstracto como tal, y el contenido no es todavía el contenido y la obra de su libertad.
Para la inteligencia en cuanto pensante, el objeto y el contenido siguen siendo algo universal, y ella misma se comporta como actividad universal. En la voluntad, lo universal tiene a la vez, esencialmente, el significado de lo mío, como individualidad; y en la voluntad inmediata, es decir formal, como la individualidad abstracta, todavía no colmada por su universalidad libre. En la voluntad comienza, por eso, la propia finitud de la inteligencia, y solo porque la voluntad se eleva de nuevo al pensamiento y da a sus fines la universalidad inmanente, suprime la diferencia entre forma y contenido y se convierte en voluntad objetiva e infinita. Comprenden, por tanto, poco de la naturaleza del pensar y del querer quienes opinan que en la voluntad en general el hombre es infinito, pero que en el pensar él, o incluso la razón, está limitado. En la medida en que pensar y querer todavía están distinguidos, es más bien lo contrario lo verdadero, y la razón pensante, en cuanto voluntad, consiste precisamente en esto: en resolverse a la finitud.

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