[Párrafo 10]
Ahora bien, puesto que la rabulística del arbitrio se ha apoderado del nombre de la filosofía y ha logrado poner a un gran público en la opinión de que semejante trajín sea filosofía, se ha convertido casi en un deshonor hablar todavía filosóficamente sobre la naturaleza del Estado; y no se puede reprochar a los hombres de recto sentir que se impacienten tan pronto como oyen hablar de ciencia filosófica del Estado. Menos aún hay que asombrarse de que los gobiernos hayan terminado por dirigir su atención a semejante filosofar, puesto que entre nosotros la filosofía no se ejerce, como quizá entre los griegos, como un arte privado, sino que tiene una existencia pública, que atañe al público, principalmente o únicamente al servicio del Estado. |XV| Si los gobiernos han dado prueba de confianza a sus eruditos dedicados a esta disciplina, remitiéndose enteramente a ellos en lo que toca al desarrollo y al contenido de la filosofía — aunque aquí y allá, si se quiere, no haya sido tanto confianza como indiferencia hacia la ciencia misma, y la docencia de ella solo se haya mantenido por tradición (como, según tengo entendido, en Francia se han dejado extinguir al menos las cátedras de metafísica) —, entonces esa confianza les ha sido mal recompensada de muchas maneras; o bien, allí donde, en el otro caso, se quisiera ver indiferencia, el resultado, el decaimiento del conocimiento riguroso, habría de considerarse como una expiación de esa indiferencia. En un primer momento, la superficialidad parece ser, quizá, lo más compatible de todo, al menos con el orden externo y la tranquilidad, porque no llega a tocar, ni siquiera a presentir, la sustancia de las cosas; así pues, en un principio al menos, no tendría nada en contra de sí desde el punto de vista policial, si el Estado no encerrara todavía en sí la necesidad de una formación e intelección más profundas y no exigiera de la ciencia su satisfacción. |XVI| Pero la superficialidad conduce por sí misma, en lo que respecta a lo ético, al derecho y al deber en general, a aquellos principios que en esta esfera constituyen lo superficial, a los principios de los sofistas, que conocemos tan decididamente por Platón — los principios que hacen depender lo que es derecho de los fines y opiniones subjetivos, del sentimiento subjetivo y de la convicción particular —, principios de los cuales se sigue tanto la destrucción de la eticidad interior y de la recta conciencia, del amor y del derecho entre las personas privadas, como la destrucción del orden público y de las leyes del Estado. El significado que semejantes fenómenos han de cobrar para los gobiernos no podrá ser rechazado, por ejemplo, con el título que se apoyara en la confianza misma otorgada y en la autoridad de un cargo, para exigir del Estado que consienta y deje imperar aquello que corrompe la fuente sustancial de las acciones, los principios universales, e incluso su desafío, como si así debiera ser. A quien Dios da un cargo, también le da entendimiento, es una vieja broma, que en nuestros tiempos difícilmente se querrá sostener del todo en serio.


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