[Párrafo 12]
En la importancia del modo y manera de filosofar, que por las circunstancias ha sido reavivada entre los gobiernos, no puede desconocerse el momento de protección y fomento del que el estudio de la filosofía parece haberse vuelto necesitado por muchos otros lados. Pues si se lee en tantas producciones del ramo de las ciencias positivas, así como de la edificación religiosa y de otra literatura indeterminada, cómo en ellas no solo se manifiesta el desprecio hacia la filosofía antes mencionado —de modo que quienes al mismo tiempo demuestran estar del todo atrasados en la formación del pensamiento y para quienes la filosofía es algo enteramente ajeno, la tratan sin embargo como algo ya zanjado para ellos—, sino cómo allí mismo se arremete expresamente contra la filosofía y se declara su contenido, la verdad y su conocimiento, una necia, más aún, pecaminosa presunción, cómo se acusa, rebaja y condena a la razón, y de nuevo a la razón, y en infinita repetición a la razón —o cómo al menos se da a entender lo incómodas que resultan, para gran parte del trajín que pretende ser científico, las exigencias inevitables del concepto—: si se tienen ante sí, digo, semejantes fenómenos, casi se podría dar cabida al pensamiento de que, desde este lado, la tradición ya no fuera lo bastante venerable ni suficiente para asegurar al estudio filosófico la tolerancia y la existencia pública.7) Las declamaciones y presunciones habituales en nuestro tiempo contra la filosofía ofrecen el singular espectáculo de que, por esa superficialidad a la que esta ciencia ha sido degradada, tienen, por un lado, su razón, y, por otro, arraigan ellas mismas en ese mismo elemento contra el que se dirigen ingratamente. Pues, al declarar aquel supuesto filosofar que el conocimiento de la verdad es un intento necio, ha nivelado, como el despotismo de los emperadores de Roma igualó nobleza y esclavitud, virtud y vicio, honra y deshonra, saber e ignorancia, todos los pensamientos y todas las materias, de modo que los conceptos de lo verdadero, las leyes de lo ético, no son ya otra cosa que opiniones y convicciones subjetivas, y los principios más criminales quedan, como convicciones, puestos en igual dignidad que aquellas leyes; y del mismo modo, cualquier objeto por más vacío y particular, y cualquier materia por más insustancial que sea, queda puesta en igual dignidad con aquello que constituye el interés de todos los hombres pensantes y los lazos del mundo ético.
7) *Reflexiones semejantes me vinieron a la mente con motivo de una carta de Johannes von Müller (Obras [Tubinga, 1810-19], t. VIII, p. 56), donde se dice, entre otras cosas, acerca del estado de Roma en el año 1803, cuando esta ciudad se hallaba bajo dominio francés: «Preguntado por cómo estaban los establecimientos públicos de enseñanza, respondió un profesor: On les tolère comme les bordels» (se los tolera como a los burdeles). — La llamada teoría de la razón, es decir, la lógica, todavía se puede oír incluso recomendar, más o menos con la convicción de que, siendo una ciencia seca e infructuosa, o bien ya no se ocupa uno de ella en absoluto, o, si esto sucede de vez en cuando, no se obtiene en ella más que fórmulas sin contenido, que por tanto nada dan ni nada corrompen, de modo que la recomendación no podrá en ningún caso perjudicar ni tampoco servir de nada.


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