[Párrafo 13]
Lo que es racional es efectivo;
y lo que es efectivo es racional.
|XX| En esta convicción se halla toda conciencia ingenua, lo mismo que la filosofía, y de ella parte esta tanto en la consideración del universo espiritual como del natural. Si la reflexión, el sentimiento o cualquier figura que tenga la conciencia subjetiva considera el presente como algo vano, está más allá de él y lo sabe mejor, se halla entonces en lo vano, y, puesto que solo tiene efectividad en el presente, es así ella misma solo vanidad. Si, a la inversa, la Idea pasa por ser aquello que no es más que una idea, una representación en un opinar, la filosofía ofrece en cambio la intelección de que nada es efectivo sino la Idea. Se trata entonces de reconocer, en la apariencia de lo temporal y pasajero, la sustancia que es inmanente y lo eterno que es presente. Pues lo racional, que es sinónimo de la Idea, al entrar, en su efectividad, al mismo tiempo en la existencia exterior, surge en una infinita riqueza de formas, fenómenos y configuraciones, y rodea su núcleo con la corteza abigarrada en la que habita primero la conciencia, corteza que el concepto es el primero en atravesar para hallar el pulso interior y sentirlo latir igualmente todavía en las configuraciones exteriores. Pero las relaciones infinitamente diversas que se forman en esta exterioridad, por el brillo de la esencia en ella, este material infinito y su regulación no es objeto de la filosofía. |XXI| Con ello se inmiscuiría en cosas que no le atañen; puede ahorrarse dar buenos consejos al respecto; Platón pudo abstenerse de recomendar a las nodrizas que nunca se quedaran quietas con los niños y que los mecieran siempre en brazos, del mismo modo que Fichte pudo abstenerse de construir, como se decía, el perfeccionamiento de la policía de pasaportes hasta el punto de que a los sospechosos no solo se les anotara la filiación en el pasaporte, sino que se les pintara en él el retrato. En semejantes desarrollos ya no se ve rastro alguno de filosofía, y esta puede dejar de lado esa ultrasabiduría tanto más cuanto que precisamente respecto de esta infinita multitud de objetos ha de mostrarse lo más liberal. Con ello, del odio que la vanidad de saberlo todo mejor arroja sobre una multitud de circunstancias e instituciones — un odio en el que la mezquindad se complace más que en ninguna otra cosa, porque solo por él llega a un sentimiento de sí misma —, la ciencia se mostrará también lo más alejada.


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