[Párrafo 13]
Por eso ha de considerarse una fortuna para la ciencia —de hecho, como se ha observado, es la necesidad misma de la cosa—, que aquel filosofar, que podía irse devanando en sí mismo como una sabiduría escolar, se haya puesto en relación más estrecha con la realidad efectiva, en la cual se toma en serio los principios de los derechos y de los deberes, y que vive en el día de la conciencia de estos, y que así se haya llegado a una ruptura pública. Es precisamente esta posición de la filosofía frente a la realidad efectiva la que concierne a los malentendidos, y con esto vuelvo a lo que antes he observado, a saber, que la filosofía, por ser el indagar de lo racional, es justamente por ello el aprehender de lo presente y efectivo, no el establecimiento de un más allá que Dios sabe dónde debiera estar —o del que, en verdad, bien se sabe decir dónde está, a saber, en el error de un raciocinio vacío y unilateral—. En el curso del tratado que sigue he observado que incluso la República platónica, que pasa por ser el proverbio de un ideal vacío, no ha captado esencialmente otra cosa que la naturaleza de la eticidad griega, y que entonces, en la conciencia del principio más profundo que irrumpía en ella —el cual no podía aparecer inmediatamente en ella sino como un anhelo aún insatisfecho y, con ello, solo como corrupción—, Platón tuvo que buscar el remedio contra esa corrupción a partir de ese mismo anhelo, pero solo pudo buscarlo, al tener que venir desde lo alto, en un principio en una forma exterior particular de aquella eticidad, mediante la cual ideó dominar aquella corrupción, y con la que precisamente hirió más hondamente su impulso más profundo: la libre personalidad infinita. Pero con ello se mostró como el gran espíritu que fue, pues justamente el principio en torno al cual gira lo distintivo de su idea es el eje sobre el que ha girado la [entonces]8) inminente transformación del mundo.
8) insertado en el ejemplar personal de Hegel


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