[Párrafo 4]
Ciertamente, se puede oír decir a quienes parecen tomar la cosa más a fondo que la forma es algo externo e indiferente para el asunto, que solo este último importa; se puede además hacer consistir el oficio del escritor, en especial del filósofo, en descubrir verdades, decir verdades, difundir verdades y conceptos correctos. Ahora bien, si se observa cómo se suele ejercer realmente semejante oficio, se ve, por un lado, cómo se recalienta una y otra vez la misma col vieja y se la reparte hacia todos los lados —oficio que sin duda tendrá también su mérito para la formación y el despertar de los ánimos, aunque pudiera considerarse más bien un afanoso exceso—: «pues tienen a Moisés y a los profetas; óiganlos a ellos». Sobre todo, hay abundante ocasión de asombrarse por el tono y la pretensión que allí se manifiestan, como si al mundo solo le hubieran faltado estos celosos divulgadores de verdades, y como si la col recalentada trajera verdades nuevas e inauditas, y hubiera que tenerlas presentes principalmente siempre «en el tiempo actual». Por otro lado, sin embargo, se ve cómo lo que de tales verdades se ofrece desde un lado es desplazado y arrastrado por otras verdades semejantes repartidas desde otros lados. Ahora bien, qué sea, en esta apretada multitud de verdades, ni lo viejo ni lo nuevo, sino lo permanente, ¿cómo podría esto destacarse de estas consideraciones que van y vienen sin forma, cómo podría distinguirse y acreditarse de otro modo que por la ciencia?


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